“Dónde habré puesto mis gafas, siempre igual, seguro que me he quedado dormida con ellas puestas y ahora están por ahí tiradas. Ah sí, ahí están, encima del brazo del sofá, menos mal que no me he sentado encima, serían las terceras este mes.”
La primera esclavitud de la vejez, ese collar que pende de nuestro cuello en forma de recordatorio constante de que ya no somos tan jóvenes, aunque lo pretendamos y que nos es imprescindible ya para la mayoría de nuestras actividades cotidianas. A veces me pregunto si esa resistencia a envejecer, que por otra parte todos tenemos, nos hace ser más conscientes y nos ayuda a asumirla mejor o si por el contrario anticipa acontecimientos y acelera el proceso. No es que crea que por no pensar en ello no va a suceder, lo tengo claro, pero a veces, solo a veces, me pregunto cómo he podido esperar tanto tiempo para disfrutar del mejor de todos los sentidos.
Aunque ya había comprado las primeras, me resistía a sacarlas de la funda para algo más que leer. Cuando la tarea de preparar ese suculento bocado, a la búsqueda de esas diminutas espinas, que antes nos encontrábamos irremediablemente mezcladas con la carne del pescado, se estaba convirtiendo en una agonía, decidí que había que vencer la pereza y usarlas. Pero ahora han llegado ya, para quedarse instaladas como accesorio de todos nuestros trajes, vestidos, camisas y camisetas.
Con mis gafas en una mano y el extraño paquete en la otra me disponía a abrirlo cuando el teléfono empezó a sonar. ¿Quién podrá ser a estas horas?… dudaba si coger o no, pero el identificador de llamada me advertía parpadeando en rojo, como si estuviera chillando, que no se darían por vencidos y finalmente levanté el auricular y contesté.
—“Hola, estoy ocupada ¿es algo urgente?, tengo algo entre manos que no puedo dejar para mañana…
—¿Pero dónde te habías metido? No he sido capaz de localizarte en todo el día, tienes el móvil apagado o en silencio y el fijo ha estado comunicando o descolgado hasta ahora. ¿Puedes decirme en que andas metida?, necesito que decidas que vamos a publicar la próxima temporada, no puedo retrasarlo más, hay que cerrar el catálogo y avisar a los autores, tenemos un millón de cosas que programar y tú ni siquiera te dignas a coger el teléfono y devolver las llamadas…
—Perdóname, de verdad que quería llamar, pero llevo más de doscientos manuscritos leídos y no he encontrado nada realmente interesante que ofrecerte, lo siento pero vamos a tener que tirar de fondo de armario este trimestre, parece que la imaginación en este país está sobrevalorada.
—Por dios, tiene que haber algo que podamos publicar, lo necesitamos, no podemos presentarnos ante la prensa otra vez más con la misma basura. Tienes tres días para encontrar algo que valga la pena.
—Está bien, no puedo prometerte nada pero lo intentaré.”
Sinceramente, nunca iba a saber cómo agradecerle su incondicional apoyo, desde que terminé la carrera siempre había estado ahí. Más tarde cuando me convertí en madre y siempre, durante toda la vida, a las duras y a las maduras. Aunque la verdad es que últimamente maduras había bien pocas. Tenía que haber algo entre toda esta morralla, algo que hiciera que la editorial remontase el vuelo de nuevo.
Cuando colgué el teléfono, realmente no tenía ni idea de cómo iba a cumplir esta vez con mi cometido, pero no podía dejarla en la estacada.
Me quedé mirando el paquete y pensé que a lo mejor tenía la respuesta a nuestros problemas más cerca de lo que pensaba.
La montaña de manuscritos que había estado leyendo durante estas tres últimas semanas había pasado de ocupar la mesa de mi improvisado despacho, a dormitar en un rincón cerca de la ventana, al suelo, entre la mesa y la pared de la estantería, apenas quedaba sitio para moverse por la habitación. Todavía me quedaba alguno por desechar y pretendía agotar todas las opciones antes de rendirme, se lo debía.
El misterioso paquete que seguía sosteniendo entre las manos tendría que esperar un poco más. Tres días, tres días para encontrar algo, esto es de locos.
“Después de un Sándwich y un té calentito a ver si consigo seguir un rato más, luego tengo que dormir algo, sino no voy a poder ni con el alma y mañana he quedado en llamar a mi hija y no quiero que me vea en este estado.”
Una de las ventajas de este mundo moderno, las video llamadas. Cuando yo misma tenía la edad de mi hija no había ni teléfonos móviles, internet estaba solo al alcance de unos pocos y eso de hacer un Skype o una video-llamada sonaba a ciencia ficción. Hoy en día si no tienes dos o más aparatos en tu haber que tengan una conexión a internet, Facebook, Instagram y/o Twiter, estás fuera de la onda. Y no te digo nada ya si te dedicas al mundo de la comunicación, ya sea prensa escrita, hablada o incluso como yo a la publicación del fascinante mundo de la novela.
A pesar de que soy una lectora empedernida y de que he conseguido dedicarme profesionalmente a mi hobby preferido, últimamente no sé lo que me pasa pero me está resultando más difícil concentrarme. Quizá sea el momento de cambiar algo en mi vida, ahora que he dejado de ser imprescindible para mi hija y que Paula va a jubilarse… los dos pilares más importantes de mi vida… debería dedicar algo de tiempo a cuidar de mi misma que me tengo muy abandonada, completamente desatendida diría, por no hablar ya de la última vez que tuve una relación de pareja. Este tema sí que podría llenar páginas y páginas, aunque esta novela no la vamos a publicar todavía.
Fui hasta la cocina y con mi sándwich vegetal y una taza de humeante té en las manos, volví a la habitación. Esta vez me sentaré a la mesa para evitar quedarme dormida otra vez. Amontoné un poco más los papeles a mi izquierda para hacerle sitio a la siguiente propuesta y arrimé la silla.
Siempre empezaba bien sentada pero como por arte de magia acababa en unas posturas increíbles, propias casi de contorsionistas, en fin, cuidar la espalda es importante y los malos gestos nunca parecen malos hasta que te levantas y lamentas no haberte dado cuenta de que realmente tenías una postura horrible para leer, pero bueno, vamos a intentarlo una vez más.
Recordaba vagamente que antes de decidir echar esa cabezadita un título había llamado mi atención. Aunque aún no sabía de qué iba, era sugerente, por ser un tanto ambiguo.