En el tablón de anuncios han colgado ya la distribución de las habitaciones y un numeroso grupo de chicos y chicas hacemos cola delante de el para cerciorarnos de que nuestro nombre está en la lista, que no ha habido ningún error y que este año va a ser el primero del resto de nuestras vidas como adultos, ya fuera del nido. A nuestra suerte.
Las maletas están amontonadas en la puerta, afuera llueve a cántaros y el conserje nos ha permitido ocupar el espacio en la entrada a la derecha de las escaleras.
Con el número de la habitación anotado en el dorso de la mano, entre empujones, intentando no descolocar demasiado las maletas que han ido llegando después de la tuya y que la han sepultado en el rincón, tiras de ella, pero el asa de la bolsa de deportes que tiene al lado la retiene por un instante, cuando consigues liberarla de su abrazo corres hacía los ascensores que están al fondo del pasillo. Me toca en la tercera y última planta. Habitación 305.
Una norma no escrita veta a los alumnos de primero el uso de los ascensores, como novatos nos ponemos a la cola hasta que alguien de segundo o tercero, no sé, nos toca en el hombro para informarnos amablemente y retrocedemos por donde hemos venido hasta el arranque de las escaleras que está casi en el hall.
De tanto ir y venir con nuestros bultos a cuestas estamos agotados, tenemos mucho que aprender aún de cómo funcionan las cosas por aquí, pero la sonrisa no se nos ha borrado de nuestra cara.
Por fin llegamos, el tercero, sudorosos recorremos el pasillo buscando nuestra puerta. La llave está en la cerradura y la hacemos girar. La habitación es más pequeña de lo que imaginábamos pero tiene una ventana que da a la calle, que ya es mucho. Las camas están pegadas a la pared y parecen pequeñas, no tienen mesillas y el estampado de los edredones es horroroso, pero lo que se me viene a la cabeza es que esto va a ser lo primero sobre lo que mi madre no va a opinar. Con esta sensación en la piel, arrojamos las maletas y demás al suelo, en un rincón, damos media vuelta, volvemos a girar la llave en sentido contrario y bajamos de nuevo las escaleras para ir a reunirnos con los demás en el salón de actos.
La conferencia iba a empezar en cinco minutos, debíamos darnos prisa o solamente quedarían las filas del gallinero y esa no es forma de presentarnos en sociedad, que ya se sabe que “más vale caer en gracia, que ser gracioso”…
El acto de presentación duró poco más de media hora, el decano de la facultad parecía un hombre accesible y amable que había dedicado su vida a la investigación y a la educación a partes iguales. Trasmitía serenidad y su pasión por la raza humana y su bienestar me confirmaba el acierto en la elección de la carrera, aunque por otra parte tengo que decir que nunca tuve dudas a cerca de mi vocación, este era un buen comienzo.
Dicen que los primeros meses siempre son los más duros y la nostalgia puede jugarte malas pasadas si no sabes gestionar tus emociones, pero el primer cuatrimestre paso en un abrir y cerrar de ojos y en menos de lo que canta un gallo, como se suele decir, me vi inmersa en los finales de aquel tan esperado primer año de carrera. Los resultados fueron excelentes.
El segundo se me atasco un poco, pero al final pidiendo la revisión de algún examen en el que tenía la sensación de que no habían sido demasiado justos, conseguí también no bajar la media. Después hacia el ecuador de la carrera, como le sucede a la mayoría de los estudiantes, me asalto la terrible duda de que me había equivocado y estuve a punto de tirar la toalla. Pero en ese momento una conferencia a tiempo volvió a despertar mi interés y mi instinto.
“No sé qué fue exactamente lo que me hechizo de nuevo, si fue su voz, si el tema de la conferencia…”
Acababa de ver claro que la vocación que siempre sentí y que por alguna razón el temario académico me había hecho perder, renacía con cada una de sus palabras. De nuevo estaba viendo un futuro claro, al salir era otra persona, se me debía de notar hasta en la expresión.
Los dos últimos cursos siempre son los más duros, sobre todo cuando te has marcado una meta tan alta. Las plazas para el Master en biotecnología de la universidad Autónoma de Madrid, eran menos cada año y estaban reservadas a los expedientes más brillantes, el mío tenía que estar entre los elegidos.
Solo sería un año académico más, que completaría la formación de mi Grado en Bioquímica y, esperaba, mi pasaporte al mundo laboral. El programa bilingüe —español e inglés— también jugaría a mi favor. Mi objetivo seguía siendo la investigación en biotecnología molecular y quería que mi perfil llamara la atención de algún centro industrial de referencia. De hecho, ya tenía un destino en mente: los laboratorios de Pfizer en Sándwich. Me había hablado de ellos uno de mis profesores de Erasmus en la Universidad de Kent, que me sugirió que aquel centro podría ser mi futuro. Desde entonces, no he podido quitármelo de la cabeza.