Cambridge 1996

Podría pasarme horas y horas contemplando la capilla del King´s College desde la orilla del rio Cam. Uno de mis recuerdos preferidos de Cambridge está asociado con este rio y con la competición anual de remo entre Oxford y Cambridge.

Los entrenamientos eran durísimos y la competencia terrible pero cuando hundías la pala en el agua  y la embarcación se deslizaba casi sin esfuerzo, como si flotase a un palmo de la superficie, dejabas de respirar por un segundo y solamente sentías el latido de tu propio corazón cabalgando acelerado y resonando en tus oídos.

La competición se celebraba en primavera, contracorriente y en aguas del Támesis, pero todos los días el ocho con timón pasaba a los pies del edificio considerado como uno de los mejores ejemplos de la arquitectura inglesa del gótico perpendicular, a toque de silbato intentando batir la marca del día anterior.

Tan solo el pequeño sendero de tierra que atraviesa la mata de césped que llega hasta el borde del agua, rompe un poco la majestuosa estampa del viejo edificio.

En 1996, el equipo de Cambridge era el favorito. Ganamos el sorteo y elegimos la estación de Surrey para la salida. Estuvo reñido, porque aunque no les sacamos una ventaja significativa a nuestros contrincantes, estuvimos a la cabeza durante toda la carrera. Al llegar al puente Hammersmith ya teníamos una ventaja de dos tercios sobre el equipo de Oxford y cuando llegamos a la meta habíamos conseguido el segundo tiempo más rápido de la historia, tan solo trece segundos más lentos que el tiempo ganador en 1984.

Esa misma tarde, después de la entrega de trofeos y el posado para las fotos, un pequeño grupito nos dirigimos a “The Eagle”, en Bene´t Street, en pleno centro histórico, para celebrar nuestra victoria.

A excepción de Larry que estudiaba Arqueología, el resto de los componentes del equipo de los “Light Blues” aspirábamos seguir los pasos de nuestros ídolos, Watson y Crick, quienes precisamente aquí, en The Eagle, en 1953, anunciaron el descubrimiento que les hizo conseguir el Premio Nobel de Medicina en 1962: La estructura de doble hélice del ADN  o como ellos lo llamaron “el secreto de la vida”.

El pub era uno de los más famosos y antiguos de Cambridge, sus techos bajos y su interior de madera donde aún se conservan las firmas que, a mechero y vela, dejaron grabadas los pilotos de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, le confiere un ambiente tradicional y muy pintoresco.

Nos gustaba su ambiente neutro, ayudaba a socializar con gente de las distintas residencias universitarias y a no parecer bichos raros de laboratorio, como nos solían apodar a los “NatSci”. Éramos bastante numerosos, pero no solíamos salir mucho,  los estudiantes de Bioquímica/Genética, los Patólogos y los Médicos, no teníamos unas conversaciones demasiado populares. En cuanto abríamos la boca solían decir que se acababa la fiesta.

Aquella tarde la alegría de haber batido por una vez a los “Dark Blues” estaba acaparando los comentarios y la emoción común lo desbordaba todo. Hasta los debates más técnicos, que normalmente ahuyentaban a cualquiera que no hubiese pasado horas en un laboratorio o en la biblioteca, se teñían de entusiasmo y eran recibidos con sonrisas cómplices y brindis espontáneos. Por una vez, nuestras charlas sobre enzimas, células madre, cromosomas o diagnósticos no parecían un idioma extranjero, sino parte natural de la celebración. La victoria nos había igualado a todos; éramos simple y maravillosamente estudiantes celebrando un triunfo histórico.

Después de la celebración, con el ruido de las risas y los brindis aún resonando, mi cabeza volvía al laboratorio.

Cambridge tenía esa extraña combinación de historia y ciencia que atrapaba; los pasillos de los departamentos de Bioquímica y Genética olían a reactivos y a papel antiguo y cada sala parecía guardar secretos esperando a ser descubiertos. Los profesores, con su mezcla de rigor y entusiasmo contagioso, nos empujaban a pensar más allá de los libros, a cuestionar hipótesis y a diseñar experimentos que parecían imposibles.

Recuerdo especialmente al Dr. Harwood, que nos enseñaba a seguir cada cadena de ADN como si fuera una pista de un misterio, y a la Dra. Lennox, cuya pasión por los cromosomas y los genes nos hacía sentir que cada célula contaba una historia propia.

Algunos de mis primeros experimentos todavía permanecen nítidos en la memoria. La primera vez que intenté aislar un fragmento de ADN humano fue casi un acto de fe; el protocolo era meticuloso y cualquier error podía arruinar semanas de trabajo. Pero cuando finalmente observé las bandas fluorescentes en el gel, sentí una mezcla de triunfo y asombro que me acompañaría para siempre. Ese momento me enseñó algo que los libros no podían: la paciencia, la precisión y la pasión eran tan importantes como la inteligencia.

A menudo nos perdíamos en discusiones que, para cualquiera que no estuviera en ese mundo, habrían parecido incomprensibles: sobre mutaciones puntuales, técnicas de PCR, regulación génica o enfermedades hereditarias. Para nosotros, sin embargo, cada conversación era una ventana a un universo oculto, un recordatorio de que detrás de cada descubrimiento había vidas humanas, historias que podíamos cambiar. Era fácil perderse en la teoría, pero Cambridge, con sus laboratorios, bibliotecas y sus rincones silenciosos junto al río, nos enseñaba que la ciencia era también un arte, un delicado equilibrio entre curiosidad y rigor.

Pasábamos horas entre microscopios, centrífugas y tubos de ensayo, y aunque a veces el cansancio nos vencía, la fascinación por la complejidad de la vida siempre nos mantenía despiertos.

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