“Otro día más lloviendo y a este paso no me va a quedar ropa seca que ponerme.”
Este invierno está siendo más lluvioso de lo habitual, la temperatura parece primaveral y se empieza a oir cantar a los pájaros, que buena compañía y que agradable sensación por la mañana camino al trabajo.
Pero quizás lo más extraño es no ver las calles llenas de nieve ni a los operarios de la pala amontonándola en las cunetas, con su gran cuchara como si de una bola de helado se tratase, donde pierden su color y se funden convirtiendo las calles en verdaderos ríos grises.
No solo la climatología parecía haberse vuelto loca este trimestre, en poco más de quince días mi vida había dado un giro inesperado y necesitaba un poco más de tiempo para adaptarme a las circunstancias.
Los resultados de las pruebas eran desalentadores, tuvimos que asumir que la enfermedad de Nora estaba en una fase muy avanzada y que no podíamos hacer nada para ralentizarla, que su deterioro era ya imparable y solo cabía esperar un final lo menos doloroso para todos.
Nos mudamos a una casa de planta baja que tenía un acceso cómodo para la silla de ruedas y tuve que renunciar al puesto de trabajo en el laboratorio por que los horarios eran incompatibles con las nuevas exigencias de mis responsabilidades.
La enseñanza siempre había sido la segunda de mis pasiones así que decidí revocar la excedencia y volver a las aulas, esta vez desde el otro lado de la mesa.
La mudanza, el nuevo trabajo y las malas noticias me tenían descolocado y tremendamente desbordado, tanto que no podía atender a nada más en estos momentos. Otro día más lloviendo y a este paso no me va a quedar ropa seca que ponerme. Hacía ya un par de semanas que no ponía una lavadora y hasta la compra se había convertido en una tortura, cuando siempre la había disfrutado pensando en que iba a cocinar y con que iba a sorprender más si con mis raviolis al pomodoro o con mi salsa de pesto al tartufo, la tradicional receta de pesto genovesa que heredara de La Nonna, elaborada con albahaca, piñones, ajo, queso parmesano, pecorino, un poco de trufa y mucho cariño.
Los horarios son flexibles y podremos adaptarnos a nuestro nuevo ritmo de vida pero voy a tener que elaborar un temario en tan solo un mes, el cuatrimestre está a punto de empezar.
La casa está cerca del campus y poder ir a trabajar en bicicleta es una ventaja además de un considerable ahorro de tiempo y dinero. El tratamiento de Nora no estaba siendo barato y casi habíamos consumido nuestros ahorros.
Cuando Nora y yo nos casamos decidimos que nuestra vida profesional era más importante que nuestras raíces e incluso que la familia, nos centramos en construir nuestro futuro en Kent y por supuesto no nos imaginábamos regresar a Canadá en esta nueva y penosa situación. Pero la vida está llena de sorpresas, unas veces en forma de alegrías otras en forma de metas y superaciones otras de tristezas… Está claro que hay que ir superando todas y cada una de las sorpresas lo más dignamente posible pero a veces es durísimo.