“La Residencia”, ¿de qué trataría?, podía ser una residencia de ancianos, la experiencia de algún médico residente o incluso una residencia canina…
A veces me gusta divagar acerca del contenido de las obras que tengo por leer, leyendo solamente el título e incluso, a veces, solo cuando tengo mucho tiempo, intento construir yo la historia… que luego… coincide o no con el argumento que ha desarrollado el autor, pero que me hace más amena y llevadera la tarea.
En esta ocasión no le correspondía el turno por orden natural, porque estaba debajo de todos los que aún no habían sido desechados, incluido el que se suponía estaba dentro del misterioso paquete, y que no me podía quitar de la cabeza.
Intenté concentrarme.
Ahora que había conseguido vencer la curiosidad inicial y había decidido seguir leyendo un poco más de “La Residencia”, no podía volverme a quedar atascada, por si ésta resultaba ser la novela que necesitaba Paula.
Con el estómago lleno y la mente despejada esperaba poder concentrarme un par de horas más, después tenía que ir hasta el banco y llevar unas camisas a la tintorería. A las cinco había quedado en hablar con Marieta.
No estaba encuadernado, simplemente habían perforado la esquina superior izquierda de todas las hojas y deslizado una anilla que hacía de bisagra para que al ir leyendo no se te desarmase y pudieras avanzar por los capítulos en el orden en el que estaban diseñados. Además, una cinta de papel envolvía el manuscrito como si fuera la cinta que se corta en los actos oficiales de inauguración y que en este caso rompí sin más preámbulos antes de darle la vuelta a la primera página, que simplemente era una primera página, en la que aparecía el título, centrado, en letras chillonas como lo son todas las mayúsculas.
Normalmente mi instinto no me falla y en este caso el comienzo no estaba siendo nada malo. La frescura y sencillez con la que estaban descritas las situaciones a las que esta mujer se enfrentaba por primera vez me hacía recordar una etapa de mi vida en la que yo también tuve que descubrirme a mí misma.
En poco más de veinte páginas había logrado atrapar mi atención y seguía teniendo esa curiosidad que hace falta para seguir leyendo. Suficiente como para reconocer que había potencial. Suficiente como para saber que podría defenderlo en una reunión.
Y, sin embargo…
Por un instante, mi vista se volvió a posar en el escritorio antes de retomar la lectura. El paquete misterioso seguía allí. Cerrado. Intacto. Demasiado presente.
Intenté ignorarlo. Bajé la mirada. Leí dos párrafos más.
Nada.
Las palabras empezaron a perder nitidez. No porque el texto hubiera empeorado, sino porque mi cabeza ya no estaba allí. Estaba en ese paquete. En su remitente inexistente. En el hecho de que hubiera esquivado los cauces habituales. En la deliberada ausencia de carta de presentación. ¿Arrogancia? ¿Desesperación? ¿O la certeza de que no la necesitaba?
Dejé el manuscrito sobre la mesa.
No era propio de mí saltarme el orden. Siempre he defendido que el criterio necesita método. Pero también he aprendido que el olfato editorial no entiende de normas, sino de pulsos. Y aquel paquete tenía pulso. Lo sentía incluso sin haberlo abierto.
Lo acerqué hacia mí casi con cautela, como si pudiera desvanecerse. Pesaba más de lo que esperaba.
La cinta adhesiva cedió con un sonido seco que rompió el silencio del despacho. Por un segundo dudé. Pensé en Paula. Pensé en “La Residencia”. Pensé en el banco, en la tintorería, en Marieta a las cinco.
Y después dejé de pensar.
Si en veinte páginas “La Residencia” me había despertado interés, aquel manuscrito —sin haber leído una sola línea— ya me había despertado algo mucho más peligroso: necesidad.
Y eso, en este oficio, rara vez es casualidad.