La Editorial llevaba mi apellido, la había fundado mi padre, en 1923. Eran tiempos difíciles pero salieron airosos del Golpe de estado del General Primo de Rivera del 13 de septiembre de ese mismo año. Su prohibición de publicar textos en catalán nos hizo daño aunque no tanto como el crack de la bolsa de Nueva York en el 29 que también hizo tambalearse a la economía Española, ya frágil de por sí, a este lado del atlántico. Por aquel entonces habían conseguido traducir a un par de escritores norteamericanos que estaban de moda en Europa, y publicaron sus novelas “El gran Gatsby” de Francis Scott FitzGerald (1925) y “El ruido y la furia” de William Faulkner (1929). No es que se hicieran millonarios pero la familia subsistía con los ingresos de la Editorial y aún se podían permitir el lujo de veranear en la costa cantábrica como lo hacía la familia real.
En este contexto de crisis económica internacional y al borde de lo que después desembocaría en la guerra civil española, Sauras Ediciones, una modesta editorial que siempre le bailó el agua a la más fea, por una cuestión de mera supervivencia, seguía a flote.
Todos conocíamos los verdaderos motivos de mi padre para hacerlo y nadie se atrevía a llevarle la contraria y así, consiguió que su legado no se perdiera y acabase pasando a manos de su hija mayor, Paula de Lieja Martínez, una servidora.
Cuando era una adolescente solía pensar que trabajar codo a codo con él tenía que ser fabuloso, admiraba profundamente, su capacidad de trabajo, la facilidad que tenía para tomar decisiones y la estupenda mano izquierda con la que lidiar con autores egocéntricos y celosos y sus representantes que ya no se al final en muchos casos quien era peor de los dos.
Tuvieron épocas buenas y otras de tremendos problemas económicos, incluso en un par de ocasiones estuvieron a punto de la quiebra, pero remontaron, sortearon los baches y se convirtieron en un referente entre las editoriales de este país. Su fama traspaso fronteras y de hecho cuando empecé a trabajar para él me asignaron el departamento de internacional.
Fueron unos años maravillosos en los que la complicidad con mi padre y mis ganas de aprender el negocio compensaban todas las horas invertidas.
Pero después de casi cuarenta años ininterrumpidos había decidido jubilarme, había llegado el momento.
Echando la vista atrás me doy cuenta de la tremenda tiranía que he tenido que soportar, toda la vida entre estas cuatro paredes decidiendo que era y que no, lo que la gente debía leer. He pasado tanto tiempo haciendo lo que tenía que hacer que ya casi no me queda tiempo para conocer ese mundo que tantas veces he recorrido sobre las páginas de los títulos publicados, pero del que nunca he caminado sus caminos, nunca he olido sus flores o comido sus comidas y que al final me ha convertido más en un bicho raro que en un pájaro exótico.
Tengo que ceder las riendas de la Editorial y hacerme a un lado, todavía soy joven y quiero viajar y ver ese mundo que me he perdido y que existe fuera de estas cuatro paredes que me han retenido ya demasiado.
Dejar que el consejo de dirección nombre a mi sucesor podría ser un error que no puedo permitir, no puede ser una opción, la editorial esta ahora mismo pasando un momento incómodo, económicamente hablando y lo más probable es que no aceptase hacerse cargo de ella cualquiera y fuese vendida al mejor postor. Tenía que jugar bien esta última baza y encontrar ese último título que publicar, se lo debía a la memoria de mi padre y a mí misma.