Las cuatro y media de la madrugada… que hora más tonta, ya no se sabe si llegas tarde o si por el contrario es ya demasiado temprano…
“Esta semana está acabando conmigo, la primera semana en el campus y no me he acostado ningún día a una hora decente…empiezo a pensar que no vale la pena conocer gente porque a este ritmo no aguanto ni un día más…”
Al norte, por detrás del edificio del rectorado unas escaleras bastante pendientes, con peldaños resbaladizos, bajan hasta una plazoleta rodeada de prunos donde esta noche se han dado cita los alumnos de primero de varias facultades. A mediados de marzo, hacía el final del invierno principio de la primavera, deben de ser todo un espectáculo, cubiertos de pequeñas flores de pétalos blancos y cálices rojizos que darán paso a las hojas que llenarán las ramas que después darán sombra en el verano. Esta noche no hay rastro de ellas y si de la improvisada fiesta de presentación, queda todavía mucho trimestre antes de que el viento salpique las aceras con esas frágiles y tiernas florecillas, pero la complicidad de estos primeros momentos entre muchachos y muchachas que se enfrentan a experiencias de la vida adulta y a las responsabilidades, es algo tan especial que no se olvida.
“Me lo dijo, me lo dijo, como era que se llamaba…”
Solo nos miramos durante un corto instante, pero sentí que habíamos conectado, creo que nos presentó el conserje que repartía las habitaciones en el hall de la residencia pero fue de una manera tan rápida que no consigo acordarme de su nombre. En realidad soy mejor con las caras, no se me escapa una y estoy seguro que tampoco me olvidaría de su nombre, pero el ruido era ensordecedor e iba en aumento, “los últimos serán los primeros” –oímos corear a un grupito que pasó corriendo rumbo a las escaleras-. Espero tener la oportunidad de volver a coincidir en algún momento.
Oportunidades… un ciento… Nos hicimos inseparables desde el primer momento. El destino, bueno, o el señor conserje que ya desde el primer momento pensó que éramos patas de la misma banqueta, trató de favorecer nuestra amistad e hizo un poco de trampa en el reparto, a ella le dio la 305, la mía la 307, pared con pared.
Así que allí mismo, junto a la puerta, nos volvimos a encontrar, venía sudorosa tirando de una enorme maleta que había tenido que subir a empujones por las escaleras – puñetera norma de no dejar subir a los de primero en el ascensor -. Casi al unísono llaves en mano las introdujimos en ambas cerraduras y abrimos las puertas de par en par, el tiempo de echar una ojeada rápida y de arrojar sin muchas contemplaciones encima de la cama la bolsa de deportes y la chaqueta y tirar de la puerta para volver a bajar hacia el salón de actos. En breve el decano daría paso al acto de inauguración, de obligada asistencia, con un pequeño discurso de bienvenida.