Lola

Hacía solamente dos horas que había conseguido quedarme dormida, parecía que tampoco hoy iba a ponerme al día. En las últimas semanas no había podido dormir más de tres horas seguidas y me estaba pasando factura el cansancio. Anteponía mi curiosidad de ver como acaban las historias a mis necesidades físicas de comer e incluso de dormir. Aunque en muchos de los casos el final fuera predecible y su argumento pésimo, inexplicablemente de alguna manera, me encariñaba con los personajes. No podía seguir así, tenía que tomar una decisión.

Para empezar podía haberme ido a echar a la cama en vez de estar dando vueltas en un rincón del sofá, acurrucada como un perrillo en su cama para no perder calor, envuelta a medias en su manta.

Una mantita pequeña, demasiado pequeña a veces, pero que últimamente todos tenemos encima de los sofás, debe estar de moda, no sé, por si nos quedamos dormidos viendo la tele o por si, como es mi caso, queremos echar una cabezadita o una mini siesta. Algo provisional pero que realmente no te cubre por completo y que es más algo decorativo para el brazo de tu sofá que una prenda realmente útil para taparte y que por otra parte, según te vas quedando dormido y te vas estirando, se escurre silenciosa dejando que uno de tus pies quede al descubierto, luego un brazo y después esa zona de la espalda donde te has descamisado…  y es entonces cuando comienza la imparable lucha entre el cansancio y las mil y una maneras de colocarse en un sofá diminuto, que no está hecho para que nadie duerma en él y que tampoco es demasiado cómodo para ver la tele. En este duermevela, pendiente de que no se me escurriera la manta, me pareció sentir el timbre del telefonillo, pero no le hice caso y lo integre en mi sueño ligero. Un poco más tarde, no sabría decir cuánto tiempo había pasado, sentí llamar a la puerta suavemente, en esta ocasión no me pareció oír el timbre, pero tampoco puedo asegurarlo, simplemente después de un tiempo, incalculable en mi estado, un ruido seco en el rellano llamo mi atención. Era como si alguien hubiera dejado caer algo pesado y al caer moviera el felpudo haciendo que chocara contra la puerta. Primero pensé que podía ser la señora de la limpieza, que cuando friega las escaleras también mueve y descoloca todos los felpudos del rellano, pero ya estaba despierta y no conseguiría volver a prender el sueño si no averiguaba que había sido ese ruido.

Me incorporé, me puse las zapatillas y arrastrando los pies recorrí el pasillo hasta que llegue a la puerta. No lo hago nunca, no tengo por qué, pero en esta ocasión antes de abrir, levante la mirilla y eche una ojeada.

No se veía nada, la luz del descansillo estaba apagada y las que tenían encima cada una de las puertas también, en mi caso llevaba fundida ya un tiempo, no tenía tiempo ni de cambiar una mísera bombilla, así que abrí la puerta.

Efectivamente alguien había estado aquí, no lo había soñado. 

“No creo que haya sido el cartero, son las ocho menos cuarto de la tarde y a esta hora ya no pasan los carteros, ¿pero quién? porque hay un paquete encima del felpudo.”

No era una carta, una carta habría sido más cómodo meterla en el buzón, pero sin embargo tenía forma de sobre, aunque por su tamaño, tampoco hubiera cabido, no.  Me agaché a recoger el paquete, carta, envío… no sé cómo llamarlo y me sorprendió lo mucho que pesaba.

“¡Madre mía!, aunque hubiese cabido en el buzón, lo habría destrozado. Por lo menos pesa dos kilos.”

Y seguía sin saber quién había venido a traérmelo, pero realmente sí que era para mí. Mientras cerraba la puerta y encendía una luz en el hall, para poder verlo mejor y tratar de identificar quien era el remitente del paquete misterioso, vi que mi nombre y mi dirección estaban correctamente escritos en la parte delantera del sobre. No cabía duda.

Había conseguido atrapar mi atención y volvía a estar despierta, incluso más despierta que antes de esa mini cabezadita de poco más de dos horas en el incómodo sofá de la sala.

Ya casi nadie se toma la molestia hoy en día de escribir a mano las direcciones en los paquetes o cartas, lo normal es encontrarnos con una pegatina estandarizada en la que aparece un código de barras al lado del nombre del destinatario, ya ni siquiera los sellos, aquellas joyas filatélicas, con la imagen conmemorativa de algún acontecimiento, aparecen adheridas al paquete y han sido sustituidas por un matasellos impersonal sin ninguna gracia. Y esto fue lo que más me llamó la atención, el paquete no había pasado por ninguna empresa de envíos postales, había sido entregado en mano y posiblemente incluso, la misma persona que firmaba como remitente era la persona que minutos antes había estado en mi rellano y lo había dejado caer encima del felpudo pensando que, al no contestar al telefonillo ni al discreto repiqueteo después en mi puerta,  no había nadie en la casa.

Recuerdo con nostalgia la época en que escribir y recibir cartas era una cosa frecuente. Confiabas y depositabas en manos de un extraño tus más íntimos pensamientos, solamente arropados debajo de un sobre, para que se los hiciera llegar lo antes posible, eso sí, a la persona elegida. La incertidumbre de cuándo sería entregada y leída y la espera de la respuesta, hacían que el mundo girase a menos revoluciones que en la actualidad pero no por ello se vivían esos momentos con menos intensidad ni se recordaban con menos detalle. Ahora el mundo tiene otros sistemas, simplemente ha cambiado la forma de comunicarse, ya nadie escribe nada más allá de un whatsapp, o dos y como mucho algún que otro correo electrónico, ¿pero una carta? Si le preguntas a un adolescente seguramente no sabrá ni de que le hablas, pensara que es una pérdida de tiempo, cuando menos y nunca entenderá los matices.  Pero no vamos a entrar en valoraciones de este tipo ahora que podría llevarnos la vida misma y hoy no estamos para esto,  tenemos que abrir una.

A estas alturas la curiosidad era enorme pero primero tenía que localizar mis gafas.  Sin ellas, a duras penas, había reconocido mi nombre y mi dirección, escritos con trazo firme y en mayúsculas en el dorso del paquete, pero sería incapaz de leer un párrafo más. Últimamente he perdido visión, dicen que es bueno leer pero en mi caso se estaba convirtiendo en una auténtica tortura para mis ojos, aun así la caligrafía me era vagamente familiar.

Mientras caminaba hacia la sala, instintivamente, gire el sobre queriendo averiguar más acerca de “mi admirador secreto” pero no había ningún nombre en la zona reservada originalmente al remitente, ninguna marca o dibujo que me diera una pista de quién pudiera habérmelo enviado.

Era evidente que no se trataba de correo publicitario, pesaba demasiado y tampoco tenía ningún motivo para pensar que alguien quisiera hacerme chantaje, enviándome fotos comprometedoras… he leído demasiadas novelas policíacas…

Lo más probable es que se tratara de un manuscrito de algún aspirante a escritor, como tantos otros, que creyéndose más listo que los demás y dándoselas de misterioso iba a conseguir atrapar mi atención y que de esta forma hiciera una excepción con los criterios de selección de la editorial al hacerme llegar su texto sin pasar por los filtros habituales, cosa que por otra parte, debo decir, estaba funcionando.

Quien te lo cuenta

Queremos compartir inquietudes,
proyectos, pensamientos, noticias, alegrías
 
y penas… porque ademas de…, grandes profesionales del diseño y desarrollo web , el comercio electrónico y la experiencia de usuario…tenemos otras pasiones…

Los Capítulos:

Los Personajes:

Los Lugares:

La historia

EL MAS CURIOSO

Demuestra tu curiosidad, persigue a los personajes
y averigua cosas sobre ellos

Capítulos Leidos:

      No has leido ningún capítulo aún
Edit Template

Donde Pasa todo

Escritura & Diseño Web

© Creado por Mafersa Designs