Pfizer UK – Sandwich

Conducir por la izquierda no estaba siendo nada fácil, el simpático cochecito de alquiler tenía sus cuatro ruedas y su volante, pero ronroneaba un poco más de lo esperado al subir la suave pendiente que lleva hasta la entrada del Discovery Park, sede de las imponentes instalaciones de Pfizer. Estaba bastante nerviosa y ni siquiera la desgastada tapicería de tela —con aquel estampado que recordaba a una falda escocesa— lograba tranquilizarme.

La barrera se levantó en cuanto me acerque a ella y me dejó pasar, no tuve que detenerme a recoger una tarjeta, ni pulsar ningún botón de ningún interfono, ni tuve que esperar a que la típica voz metálica me preguntase por del motivo de mi visita. Todo indicaba que la pequeña cámara de reconocimiento automático de matrículas tenía ya registrada la mía. Se decía que las instalaciones estaban dotadas de medidas de seguridad de alto nivel y que, recientemente, el parque había actualizado su infraestructura, incluyendo nuevas cámaras y barreras de entrada y de salida. Sin embargo en ese momento no me cuestioné cómo funcionaban ni quien vigilaba realmente los accesos.

Medio centenar de utilitarios, funcionales y discretos —como el que me habían asignado en la oficina del aeropuerto— ocupaban el parking más cercano al edificio principal, donde también ahora aguardaba el mío. El entorno estaba cuidado al detalle: amplios parterres ajardinados, zonas verdes, caminos peatonales, césped impecable, bancos, papeleras, arbustos alineados con precisión… Es curioso en cuántas cosas te fijas cuando estás nerviosa; en lugar de repasar mentalmente mi presentación, me descubrí observando la fachada de vidrio y acero del edificio que reflejaba la luz de la mañana como un espejo. Había ganado el Pritzker este año —el Nobel de la arquitectura—. Su foto había aparecido recientemente en Biotech Week, publicación a la que llevaba un tiempo suscrita, la reconocí al instante y me dirigí hacia ella.

Al pie de las escaleras mecánicas una inscripción azul-plateada del logotipo de Pfizer me hizo respirar con fuerza,  a su lado el directorio del edificio, el plano de las instalaciones y la lista de departamentos por plantas — administración en la primera, laboratorios en la segunda, salas técnicas en la tercera.

“Elliott, Elliott, como te echo de menos en este momento, ¿por qué finalmente no me acompañaste?, podíamos haber tenido una oportunidad juntos, aquí, en los laboratorios, tu master en bioingeniería seguro que resultaba interesante para Pfizer tanto o más que el mío, voy a entrar, es la hora, luego te llamo y te cuento todo que por whastapp no es lo mismo…”

Administración primer piso, volví a leer para asegurarme. Era solo una planta y me pareció mejor idea tomar las escaleras mecánicas que subir en el ascensor.  Mientras ascendía iba recorriendo con la vista las pasarelas de cristal que conectaban los tres edificios principales, las oficinas, el laboratorio y la zona de desarrollo de productos. Sin darme cuenta, apareció ante mí un espacioso vestíbulo bellísimamente decorado en acero y maderas nobles, que la iluminación natural hacía resaltar.

Me acerqué al mostrador y pregunté por el profesor Balthazar Morín. Mi cita era a las 10:30, todavía tenía 20 minutos de espera pero siempre me ha gustado ser puntual.

La mujer que estaba al otro lado del mostrador consultó su pantalla con rapidez profesional y me dedicó una sonrisa correcta, de esas que no comprometen nada.

El profesor Morín no podrá finalmente recibirla, le ha surgido una conferencia en Bélgica y salió anoche. Pero un comité de bienvenida la recibirá en su nombre, así como al resto de los becarios.

Bélgica.

Me quedé un instante inmóvil al oírlo, sin saber muy bien por qué. Tal vez porque había imaginado ese momento con más solemnidad.

Asentí, intentando que no se notara mi decepción.

—Perfecto —respondí—. Muchas gracias.

Mientras esperaba sentada en uno de los sillones de diseño del vestíbulo, repasé mentalmente mi propuesta sobre variabilidad genética y respuesta farmacológica. Intenté concentrarme en cifras, en gráficos, en hipótesis. Pero mi mente volvía una y otra vez al edificio, a la arquitectura premiada, a la sensación de estar entrando en un lugar donde se decidían cosas importantes.

Balthazar Morín era el responsable del proyecto en el que iba a trabajar. El hecho de saber que él estaba, en ese mismo instante, a cientos de kilómetros de distancia en Bélgica, hablando ante un auditorio de expertos sobre probabilidades genéticas, habría aliviado algo de la ansiedad que sentía. Sin embargo, la distancia no bastaba para calmar el nudo en mi estómago.

Había imaginado una entrevista técnica, rigurosa, aunque amable, en la que me preguntarían por mi metodología, por mi experiencia en el laboratorio, por mi capacidad para trabajar en equipo. En la que se tomarían notas. Y se intercambiarían miradas breves, difíciles de interpretar. Pero todo esto no pasaría ya hoy, la suerte estaba echada, los próximos 2 años definirían el futuro de mi carrera y necesitaba aprovechar esta oportunidad.

A la derecha del pequeño mostrador se había ido concentrado un conjunto de personas sonrientes, todas con tarjetas que los identificaban como miembros del comité de bienvenida para los nuevos becarios.

Cuando pronunciaron mi nombre, respiré hondo, me levante como un resorte y me uní al grupo.

Nos recibieron con cordialidad y nos entregaron nuestras tarjetas de acceso, la guía de los edificios del laboratorio y un pequeño dossier con normas de seguridad.

Entre ellos destacaba una mujer de gesto sereno y mirada atenta: era nuestro mentor de inducción, designada para acompañarnos durante los primeros días. Su función no era supervisar los proyectos, sino enseñarnos a movernos por las instalaciones, explicarnos la cultura corporativa, los procedimientos internos y asegurarse de que comprendíamos todo lo necesario para comenzar con buen pie. Todo estaba medido al detalle, y la combinación de eficiencia y amabilidad transmitía profesionalidad y cierta expectación por lo que estaba por venir.

Pasé el día conociendo a mis compañeros, explorando el laboratorio y familiarizándome con el equipo y los protocolos. Las explicaciones eran tan absorbentes que permitieron que los nervios cedieran un poco ante la emoción de estar allí.

Cuando todo terminó y volví a atravesar el vestíbulo, bajé por las escaleras mecánicas y salí al exterior, con una mezcla de alivio y vértigo, el sol caía sobre los parterres y sentí que aquel primer día era solo el principio de algo enorme, de un camino que prometía cambiar mi vida de forma que todavía no podía imaginar.

El aire era más frío de lo que recordaba al llegar.

Me detuve un momento antes de entrar en el coche.

Había cruzado medio continente dejando atrás mi casa, mi madre y todo lo familiar, con la sensación de adentrarme en un territorio desconocido.

Todo parecía normal, rutinario, incluso previsible, y sin embargo era muy consciente de la responsabilidad que estaba a punto de asumir. No por intuición, sino porque había trabajado mucho para llegar hasta allí.

Aún no conocía personalmente al responsable del proyecto cuyo nombre figuraba en mi documentación; sabía que se encontraba fuera del país, participando en una conferencia sobre probabilidades genéticas. Para mí no era más que una firma al pie de un documento, una referencia académica ante la que esperaba estar a la altura.

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