Escritura creativa 2002

Acababa de llegar a Vancouver, la universidad de British Columbia ofrecía un curso de Literatura Mundial y escritura creativa muy atractivo y yo estaba pasando un mal momento y necesitaba poner distancia, cambiar de página e intentar dar algo de sentido a mi vida. Así que me pasaba las mañanas entre clásicos y autores del Pacífico y las tardes escribiendo relatos, que esperaba que nadie leyera nunca, en aquella cafetería donde siempre olía a madera, café recién tostado, pan y ricos bollos, viendo llover a través de sus cristales.

Tenía ese ambiente cálido y acogedor, que te trasporta a mediados del siglo pasado, con columnas forradas de madera, sillones de altos respaldos y confortable tapicería, que contrarrestan la frialdad de las mesas con encimeras de mármol y pies de hierro y los altos techos, de los que cuelgan aquellas maravillosas lámparas que parecen sacadas de algún castillo.

Mi favorita, una de esas pequeñas mesitas del rincón de la sala, donde pretendía pasar desapercibida para el resto de los mortales y detener el ruidoso mundo por un segundo. Con mi té, mi lectura y esa suave música que no interrumpía ni uno de mis pensamientos, ocupaba las tardes en las que la lluvia no daba tregua, que eran muchas

Las clases de la tarde acababan a las cinco. Solía sentarme junto a la puerta para salir rápido cuando sonaba el timbre y evitar conversaciones innecesarias. Después me dirigía a la cafetería.

Los martes tenían algo especial: casi no había nadie y mi mesa del rincón — mi pequeña guarida — me esperaba bajo esa luz tenue que la hacía tan cómoda.

Pero aquel martes algo había cambiado. Mi mesa, siempre libre; siempre mía,  estaba ocupada. Un hombre, al que no recordaba haber visto antes allí, se había sentado en ella, de espaldas a la puerta. Llevaba un abrigo de paño marrón y su complexión sólida destacaba en el rincón, como si hubiera pertenecido siempre a ese lugar.

No pretendía mirarlo más de la cuenta, solo trataba de identificar al intruso que había invadido mi pequeño territorio. Pero mis ojos se detuvieron en él un instante más de lo previsto y entonces, como si hubiera sentido el roce invisible de mi atención, el hombre se volvió. Nuestros ojos se encontraron por primera vez, y me dedicó una sonrisa tranquila, inesperadamente cálida. No podía saberlo aún, pero aquella sonrisa iba a cambiarlo todo.

Me quedé quieta un segundo, sin saber si avanzar o retroceder. Él mantuvo la sonrisa un segundo más de lo habitual, como si estuviera intentando recordar de qué me conocía. Y entonces, para mi sorpresa, asintió levemente, como saludando a alguien conocido. No supe si responder o fingir que había pasado por alto aquel gesto, pero mis labios se curvaron antes de que pudiera evitarlo.

—Hola —

Dijo con una naturalidad desconcertante, como si ya nos hubiéramos saludado otros martes sin que  lo supiéramos.

—¿Hola? — ¿Nos conocemos?” pensé, aunque lo único que salió de mi boca fue un leve gesto con la cabeza, casi un reflejo más que una respuesta consciente. —

—¿Nos hemos visto antes? —

Me atreví a preguntar mientras me acercaba un poco, con más curiosidad que valentía,  hacia su mesa —su mesa— con la intención de pedirle permiso para ocupar la silla de al lado al menos, sino recuperar mi rincón perdido. No llegué a hablar. Él dejó la taza sobre la mesa, todavía sonriendo.

—No lo creo —respondió— Pero has mirado hacia aquí como si este rincón te perteneciera… y supongo que he invadido tu territorio.

Mi mesa. Mi refugio. Sentí que se me escapaba una carcajada pequeña, casi nerviosa.

—Quizá sí… —admití—. Los martes suelo… bueno, vengo aquí a esconderme un rato.

—Entonces te debo una disculpa —dijo él— Soy Balthazar.

El nombre cayó entre nosotros como una pieza que encajaba sin esfuerzo. Lo repetí en mi mente, probando su sonido, Balthazar… Había en él algo distinto, algo que no esperaba encontrar. Su sonrisa, su voz, esa forma tranquila de estar cerca… —y aún así, no me sentí incómoda a pesar de que acabásemos de conocernos. Era como si compartiéramos ya un pasado…  otra historia.

Entonces levantó una mano hacia el libro abierto ante él

—¿Te importa? No me di cuenta de que este sitio… bueno, tiene dueña —dijo con un tono amable, ni arrogante ni excesivamente confiado, solo… correcto. —

—Noté que se me escapaba una sonrisa. —No pasa nada. Solo suelo sentarme ahí —respondí —Solemos… ¿quién eres? ¿Por qué no te había visto antes?

Él cerró el libro con un gesto lento, casi deliberado. 

—Podemos compartir mesa, si quieres. Prometo no invadir más territorio del necesario.

—Compartir mesa. ¿Por qué suena tan fácil contigo? ¿Por qué tengo la sensación de que ya te estaba esperando? —

Dudé apenas un instante antes de asentir. Y cuando me senté  frente a él, él deslizó el libro hacia el centro, como una invitación silenciosa.

—Es una tesis doctoral que estoy leyendo: “Biotecnología Molecular: Fundamentos y Aplicaciones del ADN Recombinante”  Y que uso para preparar mis clases —explicó.

—¿Eres profesor? 

—Intento serlo —respondió con una media risa —Biotecnología. Martes por la tarde suelo corregir aquí. Es… tranquilo.

Sentí un pequeño mareo. Martes. La mesa del rincón. ¿Cómo no hemos coincidido antes?

Él la observaba con atención, sin incomodarla.

—Tú vienes mucho por aquí, ¿verdad? Te he visto entrar alguna que otra vez… aunque nunca tan decidida como hoy.

Parpadee, sorprendida ¿Me has visto? —

—Creo que sí. O quizá es solo que hoy… te he visto mejor.

Bajé la mirada, pero no pude evitar sonreír.
Vaya forma de empezar. ¿Quién eres tú y por qué haces que parezca que llevamos semanas cruzándonos?

Él apoyó los antebrazos sobre la mesa, relajado.

Sentí que algo encajaba.

— Encantada, Balthazar. Yo soy Lola — me oí a mí misma decirlo con una certeza que no esperaba —  …la persona que normalmente ocupa esta mesa.

Él rió despacio, con una calidez que parecía envolvernos.

—Entonces supongo que hoy… es nuestro primer martes juntos.

En ese instante, supe que ambos tuvimos el mismo pensamiento —Ojalá no sea el último. —

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