Ciencia y literatura

La lluvia no daba respiro aquel año y volvía a caer sobre Vancouver. La cafetería seguía oliendo a madera húmeda, pan recién horneado y café tostado, y las lámparas que colgaban del techo proyectaban la misma luz cálida sobre las mesas de mármol que el martes pasado.

Era como si el tiempo hubiera decidido respetar aquel pequeño acuerdo no dicho y la mesa del rincón volvió a reunir a las mismas dos personas.

Algo había cambiado desde aquel primer encuentro inesperado. Ahora la mesa del rincón ya no era solo mía.

Lola llegó con su cuaderno bajo el brazo.
Balthazar ya estaba allí, con un libro abierto y esa calma tranquila que parecía pertenecer al lugar desde siempre.

Era martes otra vez.

Y esta vez ninguno de los dos fingió que aquella mesa no les pertenecía un poco a ambos.

Sin haberlo decidido del todo, Balthazar y yo habíamos convertido aquel lugar en una pequeña frontera entre dos mundos: el suyo, lleno de moléculas, ADN y experimentos; y el mío, hecho de palabras, personajes y páginas que todavía no sabía si alguien leería algún día.

Y así, casi sin darnos cuenta, comenzó un nuevo martes.

Lola se acomodó en la silla frente a él, todavía sorprendida por lo fácil que resultaba la conversación. El sonido de la lluvia golpeaba los cristales, acompañando el murmullo de la cafetería.

—¿Siempre vienes los martes? —preguntó él, con un gesto que combinaba curiosidad y naturalidad.

—Sí… casi como un ritual —dijo ella, sonriendo tímidamente—. Me gusta regalarme un poco de tiempo para leer, escribir… pensar en todo y en nada. Creo que es la única forma que he encontrado de tener un momento de relax en toda la semana. Elegí el martes porque los lunes suelen ser complicados. Después del fin de semana la gente parece volverse loca con las programaciones y suele ser un día agotador.—

Balthazar asintió, como si comprendiera sin juzgar.

—Yo también busco ese tiempo. Entre clases y correcciones, es mi pequeño refugio.—

Hubo un silencio cómodo, uno de esos que no requieren palabras. Lola se dio cuenta de que podía mirar a Balthazar y entenderse sin hablar, algo que rara vez le ocurría, y menos con alguien que acababa de conocer.

—¿Qué escribes? —preguntó él, señalando su cuaderno abierto.

—Historias —respondió Lola—. Relatos sueltos, casi para mí misma. La mayoría nunca verá la luz.

Él sonrió.

—A veces las historias que nadie lee son las más importantes. Enseñan más que las que se publican.—

Lola lo miró, intrigada. ¿Cómo podía alguien recién llegado entender tan bien ese sentimiento que llevaba dentro desde hacía semanas?

—Si no te importa que lo diga… —continuó él—, tienes algo en la mirada que me recuerda por qué empecé a escribir. Y me muero de curiosidad por saber sobre qué escribirás a continuación.

Ella rió, casi por sorpresa.

—Nunca nadie había mostrado tanto interés por mis historias… como las llame. Pero la verdad es que sienta de maravilla saber que mis textos van a tener más de un lector a partir de este martes.—

—Por supuesto, estaré encantado —dijo él, ladeando la cabeza, como midiendo la reacción de Lola.—

Hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—¿Te gustaría que te enseñara algo de biotecnología aplicada a la narrativa? No, espera… no suena tan raro como piensas.—

Lola arqueó una ceja.

—Explícate.—

—La ciencia y la literatura no son tan diferentes —explicó él, apoyando los codos sobre la mesa—. Ambas buscan patrones, conexiones, respuestas a preguntas que aún no hemos formulado del todo. Una historia puede revelarte tanto sobre la condición humana como un experimento bien diseñado.

Lola se quedó pensativa, viendo cómo la lluvia dibujaba líneas sobre los cristales. Por un momento, el ruido del mundo exterior desapareció y solo quedó esa conversación suspendida en la luz cálida de la cafetería.

—Tal vez tienes razón —susurró—. Tal vez he estado buscando patrones en mis historias sin darme cuenta de que también los busco en la vida.

Balthazar sonrió y, por un instante, Lola tuvo la sensación de que el universo había hecho coincidir su mesa, su martes y aquel momento exacto para que algo importante comenzara.

—Entonces, Lola —dijo él finalmente—, ¿compartimos mesa los martes?

Ella asintió, sintiendo que un hilo invisible comenzaba a unirse entre ambos: una mezcla de curiosidad, complicidad y algo indefinible que ninguno de los dos podía poner en palabras todavía.

—Sí… todos los martes —respondió—. Al menos mientras llueva.

Y así, mientras la lluvia continuaba su sinfonía contra los cristales, comenzó un vínculo silencioso, hecho de miradas, palabras entrecortadas y una sensación de familiaridad que ninguno podía explicar, pero que ambos sentían profundamente.

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