Balthazar

Recuerdo a mi madre y a mi tía detrás del mostrador sirviendo café, infusiones y bizcocho recién horneado. El  local olía a madera, pan y ricos bollos, que se cocían en el horno que mi abuelo había instalado en el patio trasero, cuando lo inauguraron a mediados del siglo pasado y que sería el primero de tantos.

Con su estupenda combinación de comida tradicional y excelente cerveza se había convertido en un buen espacio para reuniones de amigos y familiares a cualquier hora del día y de la semana. Todo ello a un módico precio, asequible para casi todos los bolsillos y que daría mucho que hablar hacia la tercera generación.

Ese ambiente cálido y acogedor, que ya pocos locales de la famosa cadena han sabido mantener y que tantos echamos de menos me traslada a mi niñez.

Las columnas forradas de madera, los sillones de respaldo alto y tapicería confortable, a la par que discreta; las mesas con encimera de mármol y pies de hierro y los altos techos de los que cuelgan esas fabulosas lámparas de araña que descienden hasta casi posarse en las mesas, esparciendo su luz y dando ese toque de intimidad, lo hacen único.

Ese ambiente cálido y acogedor, que ya pocos locales de la famosa cadena han sabido mantener y que tantos echamos de menos me traslada a mi niñez.

Las columnas forradas de madera, los sillones de respaldo alto y tapicería confortable, a la par que discreta; las mesas con encimera de mármol y pies de hierro y los altos techos de los que cuelgan esas fabulosas lámparas de araña que descienden hasta casi posarse en las mesas, esparciendo su luz y dando ese toque de intimidad, lo hacen único.

Después de llevar media vida fuera de mi país aún siento que cuando traspaso sus puertas dobles de cristal, realmente estoy de nuevo de vuelta en casa, que este lugar es lo que se puede llamar hogar.

Un hogar al que todos necesitamos regresar en algún momento. Unas veces porque hemos tenido éxito y queremos compartirlo, otras por todo lo contrario, estamos cansados, hemos sufrido y necesitamos un abrazo; o simplemente, porque sentimos que de alguna manera nuestra vida ha tomado un rumbo inesperado, después de tanto tiempo pensando que estábamos haciendo lo correcto, y necesitamos consejo.

“Hubo una época en que pensaba que pasaba más horas entre estas cuatro paredes que en ningún otro sitio.”

Conocía de memoria todos sus rincones, hubo una época en que pensaba que pasaba más horas entre estas cuatro paredes que en ningún otro sitio y ahora estaban llenos de extraños a los que no había visto en mi vida.

La música estaba demasiado alta para mi gusto, esto sí que era una novedad. En mi época los grupos de amigos se reunían para charlar e intercambiar opiniones, hoy si se puede hablar con el que tienes a tu lado, enhorabuena.

La primera vez que te vi, estabas sentada sola en una mesita de las pequeñas, en un rincón, leías y sonreías a la vez y me quede mirándote, disfrutabas de ese instante dentro de tu mundo. La música en esa ocasión era suave y la melodía no interrumpía ni una conversación, ni un pensamiento… Un mechón de tu melena te cubría parte de la cara y a pesar de la poca luz que la lámpara proyectaba en tu rostro, se te veía tan hermosa que no quise romper la magia.

No sabía nada de ti, ni tan siquiera tu nombre pero me quedé paralizado, mis pies no reaccionaban y lo supe… lo sentí.

Hoy volvía solo… aun así, me senté en una de esas mesitas del rincón desde donde podía verlo todo y pedí una Molson Canadian, mientras elegía algo para comer.

Hacía exactamente dieciocho horas que había salido de Kent, tenía que comer algo aunque no tuviera hambre.

Cuánto echaba de menos a la tía Ronnie. Quizás por eso, en momentos como este, cuando la vida de nuevo parecía desordenarse de golpe, mi memoria terminaba regresando a ella.

Era una mujer encantadora, aunque tremendamente peculiar. Se quedó soltera después de que su único novio, su novio de toda la vida, la abandonara por otra de la noche a la mañana y aun así siempre había sido de gran ayuda para mis padres, sobre todo cuando tomé la decisión de marcharme a estudiar a Inglaterra.

Tantas veces había visto llorar a mi madre, como tantas otras la había visto encontrar consuelo en ella.

Era alegre, con un extraño sentido del humor que no pasaba desapercibido para nadie y que hacía que todo el mundo buscara su compañía.

Con el tiempo entendimos que detrás de todo aquello había algo más.

Su enfermedad nunca tuvo un nombre claro. Durante muchos años, en casa se hablaba de infecciones respiratorias, de bronquitis mal curadas, de una debilidad en los pulmones que parecía acompañarla desde siempre.

Tosía durante semanas y la vimos entrar y salir del hospital demasiadas veces, pero nadie imaginaba que detrás hubiera algo más.

Le hacían pruebas nuevas, cada vez más específicas, y solo cuando su cuerpo estuvo ya demasiado débil y cansado para seguir luchando nos hablaron por fin de una enfermedad genética poco frecuente que a veces pasa desapercibida durante años y que puede manifestarse en la edad adulta.

El diagnóstico llegó tarde.

Recuerdo aquella conversación con claridad.

El médico explicaba a mis padres que se trataba de una alteración en el gen CFTR, responsable de una enfermedad llamada fibrosis quística.

Hasta ese momento ninguno de nosotros había considerado que pudiera tratarse de algo hereditario.

—Lo recomendable en estos casos —nos dijo— es estudiar también a los familiares directos.

Nos propuso hacernos unas pruebas.

No porque todos fuéramos a desarrollarla, explicó, sino porque algunos podríamos ser portadores sin saberlo.

Recuerdo que mi madre guardó silencio.

Yo asentí casi sin pensar.

En aquel momento me parecía un simple trámite médico, una prueba más antes de volver a mi vida.

No imaginaba hasta qué punto aquel análisis tenía que ver conmigo, más de lo que estaba dispuesto a aceptar y que condicionaría decisiones que, hasta entonces, creía tener muy claras.

La tía Ronnie había fallecido el otoño en que mis padres pensaban jubilarse, y su muerte aceleró un poco su decisión, traspasaron el local y se fueron a vivir a una casa con jardín a las afueras. Todavía esperaban que yo, en algún momento, volviera y tomara el relevo… pero hacía mucho tiempo que conocían mis planes. Mi vida no estaba allí.

Aunque me entristecía que el negocio familiar hubiera terminado convertido en lo que es hoy —un lugar frío e impersonal—, no iba a hacerme cargo de él. Mi objetivo en la vida no era dedicarme a servir comida caliente y cerveza espumosa; quería pensar que tenía cosas más interesantes que ofrecer al mundo. Y ellos, en el fondo, aunque hubieran deseado que fuera de otra forma, también lo sabían y estaban orgullosos.

Después de toda una vida de sacrificios y de trabajar muy duro, tenían bien merecido un descanso.

No le había comentado a nadie que había venido a pasar unos días y de momento, no pensaba hacerlo. En realidad ya no tenía a nadie a quien avisar, salvo a mis padres, y a ellos no les importaría que me quedara un par de días en el apartamento que aún conservaban en la ciudad.

Por suerte me había acordado de traer las llaves —un pequeño milagro— y las llevaba conmigo.

Necesitaba aclarar algunas cosas antes de volver a enfrentarme con la realidad.

 

 

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